En esta gran familia de objetos y personajes los hay de fuerte carácter, demandantes de su propia luz que nacen pidiendo oro, plata y color, otros piden (como el bronce) una elegante austeridad… pero yo que los conozco como si fueran mis hijos se que tienen su propia música y que son muy sensibles al amor.
Estos seres algunos inexplicables a la vista, tan naturales al tacto, hablan por si mismos, (hay almas afines que les entienden como el sol), por eso cuando el sol canta todos cantamos. Lo celebramos con ropa de vivos colores que reflejen su luz, ha sido dios y aquí en México le hemos construido templos y pirámides, por eso él ha sido pieza clave en el manto imaginario que cubre mi obra.
Yo aspiro a que mi trabajo pase a ser parte de un legado emocional, tan hermoso como imborrable. Intransferible como un abrazo y tan personal como un sueño. Porque cada obra ha sido reinterpretada (creada) por la mirada de cada observador (y como en el enamoramiento) ha visto lo que ha querido ver, dándole a la obra un valor espiritual incomparable en términos de dinero.
Ser mexicano ha sido para mí, una bendición. México me ha hecho eternamente niño siempre viajando (como mis personajes) en un pez. Con una imaginación como la sonrisa de una sandia. Solo agarrando la bicicleta que nunca tuve abrazado a una nube, extrañando una familia, ilusionado con el amor, rodeado por mis personajes que salpican los colores de México y que expresan a su modo lo que es y ha sido ser mexicano.
